Congruencia y Honestidad en nuestros días

Unimedios
09 Abril 2019
Congruencia y Honestidad en nuestros días

“Mis dichos son mis hechos, mis hechos son mis dichos”. Benito Juárez.

Estamos en un momento crucial donde parecería que el concepto de congruencia y honestidad no encuentran eco alguno en la conciencia colectiva que cada vez más se acostumbra a reducirse a la praxis y al maniqueísmo. Congruencia que no solo se estima carente en aquellos que ejercen política, sino por igual entre quienes tienen una exposición pública y con la constancia de sus actos, distan mucho de pregonarse lealtad a su propia creencia, a su personal pensar y sentir.

Hemos visto casos irrisorios de “chapulinismo” político; hemos observado “periodismo” que un día rezonga y al otro alaba; observamos posturas entre partidos políticos donde ponderan a personas cuyo perfil era lo que supuestamente más se reprobaba. Para mala fortuna, desde la ciudadanía dejamos pasar estos ejercicios como normales, cuando mucho por igual nos quejamos del estado de cosas y no combatimos esos reprobables actos con argumentación y soporte crítico. El divorcio de ciudadano y política (añado a ese desencuentro a cualquier figura pública con voz y eco), no se ha zanjado por no partir desde este fundamental concepto.

Buscamos y anhelamos pensamientos genuinos. Un auténtico crítico, pero sobre todo un crítico razonado y apoyado en la objetividad de la sólida información y raciocinio, no renuncia a su independencia intelectual jamás. No busca el cómodo vaivén del tránsito hacia su conversión en propagandista, aplaudidor o convalidador del poder real en turno. De ahí las lecciones históricas que nos dejan obras teatrales de transformación hacia lo conveniente y que pesan en su protagonismo por los distintos actores que pertenecen a los llamados “ismos” en política (echeverrismo, foxismo, salinismo, marinismo, morenovallismo, y un largo etc). Solo póngale el nombre que quiera, hay muchos ejemplos claros.

Ahí observamos la metamorfosis, desde la inicial jura de apego y defensa a ultranza de una “ideología” que en muchas ocasiones no es más que una moda, distante de constituir un verdadero entramado de ideas, hasta que el declive del ejercicio del poder los lleva a plantearse en nuevos casilleros para satisfacer la personal necesidad de continuidad en el poder público. Para decirlo en términos llanos, no es lo mismo cambiarse de camiseta por conveniencia que replantearse una creencia ideológica desde la raíz.

Si concentramos un análisis de este movimiento pendular de algunos políticos en la lapidaria aseveración de José Emilio Pacheco, quizá entendamos que las leyes del poder en el ejercicio práctico y cotidiano nada tienen que ver con una lealtad a los principios de creencia personal. “El que derrota al monstruo / y ocupa su lugar / se vuelve el monstruo”. Cuántas ocasiones no vemos que desde una campaña política se reprueba con acidez lo que después en el ejercicio de la administración pública se defiende. En apoyo por igual, el dicho de John Acton conmueve la conciencia para saber que “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Es lamentable que la adicción a “ser públicos” y “ejercer desde el poder”, promuevan una prostitución de la ideología y la convicción para un día ser tricolores, otro día azul-naranja-amarillos, verdes o color vino, la cromofilia más solicitada en nuestros días por el político convenientemente cambiante.

Y nuestra Puebla y nuestro México tienen ejemplos lamentables de quienes solo buscan el alimento desde la ubre del erario. Esos quienes venden su querer al mejor postor no pueden gozar de confianza hacia su función, pero más aún, cuando esos vendedores de humo encuentran una contradicción ineludible a su pobre actuar, su única vía será la irritación en su reaccionar. Para el político o funcionario barato, aquel de pies de barro, los que solo escuchan a aquellos que los adulan, será muy, pero muy difícil digerir una crítica razonada a su incongruente actuar, ya que lo asimilan más a un ataque de tintes personales que a una oportunidad de leer entre esas líneas ácidas, una ocasión de mejorar, de ser congruentes.

Cultura es diálogo afirmaba Gabriel Zaid, quien por cierto considero como uno de los autores que no solamente se enclavan en seducir a través de la lectura, sino a generar una real conciencia de temáticas que no pierden actualidad. La congruencia en el actuar debiese ser un componente inseparable de la generación de conciencia y la afirmación positiva de la cultura mexicana. En ese actuar congruente, seguramente encontraremos respuestas a muchos dolores que nos aquejan como sociedad.

Sin embargo creo que hay esperanza en un actuar que no solamente se pregona desde la política. El ejercicio de la congruencia cotidiana debe aplicar no con exclusividad al actuar público del político sino ampliar significativamente ese espectro hacia el informador, el intelectual, el ciudadano común a efecto de abolir lo que la publicidad del día a día nos ha dibujado de un México donde se opta por el consuelo de la hipocresía, donde la crítica sabe a agresión y donde para muchos el elogio del engaño se vuelve consuelo.

No aplaudamos de gratis a aquellos que nos representen simpatías o mucho peor, conveniencias, sobre todo cuando el desatino de su actuar se puede convertir en una constante que nos acabe dañando a mediano plazo. Hagamos conciencia plena para que la objetividad de nuestro análisis nos lleve a la decisión de actuar con visión crítica y constructiva, con la congruencia que nos merecemos para elevar a esta Puebla y al México que grita por honestidad.

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