La contaminada verdad

Revista Vértigo
26 Mayo 2019
La contaminada verdad

Cuando el explorador Alexander von Humboldt vio por primera vez, en 1804, lo que sería después el Valle de México fue tal su emoción que escribió en su diario: “Viajero, has llegado a la región más transparente del aire”. Siglo y medio después el guardián de México, Ixca Cienfuegos, figura primordial que Carlos Fuentes visualizó en su propia Región más transparente, sentenció que “en México nada es tragedia, todo es afrenta”.

En recientes días no hemos dejado de recordarlo.

La primera crisis y contingencia ambiental extraordinaria del sexenio ya nos sacudió desde el núcleo. Contingencia que involucra a un conjunto de medidas que las autoridades toman para proteger a los habitantes cuando la contaminación puede poner en riesgo su salud y van desde recomendaciones como permanecer en interiores hasta la suspensión de servicios públicos y privados.

Lo cierto es que no es la primera vez que sucede. El 19 de marzo de 1992 el entonces Departamento del Distrito Federal decretó una contingencia ambiental que duró prácticamente 20 días (del 20 de marzo al 10 de abril). Un año después, en 1993, se rompió un récord al emitirse doce contingencias en un mismo año, marca casi igualada en 2016 con diez.

Lo preocupante es que tampoco será la última vez.

Según la Organización Mundial de la Salud en 2012 se perdieron aproximadamente 12.6 millones de vidas por causa de ambientes poco saludables. Y más cercano aún el Instituto Nacional de Salud Pública en nuestro país estima que al año se presentan 14 mil 600 muertes asociadas con la exposición a partículas suspendidas en el aire, las llamadas PM2.5.

Las estimaciones más estrictas señalan que la contingencia ambiental en el Valle de México debería decretarse apenas se rebasen los 40 puntos Imeca. El umbral actual está en 100 puntos. Pero dicen los expertos que reducirlo hasta el nivel mínimo provocaría que las medidas pierdan efectividad ya que serían decretadas casi permanentemente.

Uno a uno

Y así contamos con instrumentos internacionales tales como el Acuerdo de París, en vigor desde 2016 y tiene como meta la reducción de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero de los países integrantes de la ONU que lo hubieran firmado o ratificado por medio de la mitigación, adaptación y resiliencia de los ecosistemas a efectos del calentamiento. Para finales de 2016 este convenio había sido firmado por 97 naciones, incluida México.

No obstante poco sirve ser parte de acuerdos internacionales si como nación no aceptamos nuestra responsabilidad. Debemos alentar urgentemente la corresponsabilidad social en un tema que no hará excepciones para repartir el daño.

Y a pesar de la gravedad, con simpleza culpamos directamente al gobierno en turno del infortunio ambiental. Costumbre inadecuada pero bastante utilizada. Después de nuestros gobernantes el primer culpable es aquel que está a disposición: la contaminación de las industrias, el uso excesivo del automóvil, humo de cigarro, aerosoles, hornos de leña y carbón. Porque como dijo Cienfuegos la crisis ambiental no es tragedia: es una afrenta a nuestra forma de vivir.

Aún estamos a tiempo. Es cierto que esta contingencia ambiental específica fue provocada por una serie de factores que convergieron: incendios forestales múltiples, inversión térmica, poca lluvia, contaminación urbana habitual. Pero también tiene mucho que ver la falta de una verdadera cultura ambiental. Y no aquella que sea promovida por los gobiernos en turno ornamentalmente sino la de casa.

Malos ejemplos de ello son familias con más de un auto, vehículos automotores con un solo pasajero, basura tirada en las calles, sustancias contaminantes arrojadas al agua potable, quema indiscriminada de material orgánico e incendios forestales “controlados” para preparar los campos de agricultura, mal manejo de residuos sólidos y poca o nula cultura del reciclaje.

No esperemos a las contingencias extraordinarias o habituales. Mucho menos a padecer una enfermedad grave, causada por un ambiente severamente dañado. Empecemos poco a poco, uno a uno. ¿Qué estamos haciendo? ¿O es que aún seguimos negados a ver la contaminada verdad?

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