Ganar y perder en democracia

Ganar y perder en democracia

Ganar y perder en democracia

Concluye en la tarde singular de un domingo el ejercicio mutado de la herencia griega que pugna por la representación de los pares. Se acaban las tardes de insolación, las camisetas y chalecos con identidad cromática y en el aire la moneda de la apuesta por una a veces fanática esperanza por encumbrar a aquellos o aquellas en donde el elector encuentra el necesario cobijo para su personal y colectivo futuro. La democracia permite erigir a quienes se vuelven portadores de la altísima responsabilidad de ser gobierno, democracia que en México ha costado sudor y sangre; que se apuntala y descansa en las instituciones y se afianza en la confianza de una ciudadanía cada vez más cauta de hacer ese depósito.

En este hilo de conducción es en donde considero que se debiese reflexionar con mucha mayor profundidad. La visión del triunfalismo exacerbado, que pone el juego electoral en una mera cancha de disputa donde hay vencedores y vencidos, no hace más que abonar al encono y a la polarización que la ciudadanía hace propia. Es propicio el cambio del paradigma donde nos vemos con atuendos de enemigos cuando lo que existen son visiones distintas de proyectos. México no puede darse el lujo de confrontarse ni dividirse más.

La medición sobre el descontento social que pesa sobre el ejercicio de la política, no se puede avivar irresponsablemente por los partidos políticos y sus distintas apreciaciones y posturas. El “ganar o perder” no puede ser pretexto de confrontación y mucho menos de violencia, la aportación a la democracia debe calar mucho más hondo que ello.

¿Se perdió?, ¿se ganó?… valdría quizá la reflexión acuciosa sobre cuáles serían pérdidas y cuáles serían ganancias.

¿Se perdió la soberbia enquistada en el pensamiento triunfalista?, aquel que no escucha y no deja pasar a quienes han transitado décadas en el anhelo de ser valorados como militantes. Aquel monólogo sordo que recorre la mente de quien se ciega al pensarse intocable como candidato o como dirigente. ¿O se ganó la posibilidad de abrir los diálogos de forma horizontal con quienes en un partido no se sienten representados, escuchados y mucho menos atendidos? ¿Se ganó la conversión a la humildad por quienes más que decirse “jefes o líderes” son en realidad los mandatados?

¿Se perdió el ánimo burlón de sentirse superiores? Ese tono empleado que denosta características del adversario y ensalza las propias. Quizá se ganó el entendimiento pleno de que a un votante no le debe motivar un circo de acusaciones para fincar su futuro en un sufragio. ¿Se pudo ganar tal vez la capacidad de comunicar con claridad cuáles serán las soluciones a los pendientes añejos e insolutos?

¿Se perdió el autoengaño, la autocomplacencia y la mal entendida institucionalidad? ¿Se acabaron las respuestas ensopadas en zalamería a los jerarcas en donde se esconde el miedo a ser reprimidos o a ser segregados de los grupos? ¿Se habrá perdido por igual el querer ver escenarios positivos sin mediar objetividad alguna? ¿Hacer de la noche a la mañana ídolos, mesías o dirigentes con pies de barro para justificar el abanderamiento de los proyectos? Ojalá se haya ganado en vez la apertura a la opinión y el análisis que no necesariamente apoya a ciegas el propio. Aplausos si se ganó el evitar la linealidad de las decisiones para pasar a los consensos.

¿Se perdió la intención enmascarada para utilizar a la juventud, a la mujer y al desprotegido como herramientas de provecho electoral sin ponerles rostro ni historia? O se ganó la humanización del ejercicio político electoral para hacer el horizonte más llevadero.

¿Se perdieron las poses y modas? Esas que arrancian el engaño de creer que una selfie, un pulgar levantado o una toma de manos alzadas victoriosas ante la multitud nos engrandecen o engrandecen la causa política. Espero que se haya ganado la adopción de un compromiso real con quienes son líneas de batalla militante, con quienes a veces se les dejó a su suerte por considerarlos en elecciones de segunda, donde no merecieron que se trabajara codo a codo con ellos en las causas y en la calle.

¿Se perdió la práctica de acomodo conveniente y caprichoso de candidatos? ¿O se ganó el paso libre a la meritocracia partidista? ¿Se seguirá dejando la puerta abierta con displicencia para que cuadros valiosos, preparados y forjados en la ética se desencanten del ejercicio político? Deseablemente se debió ganar la conciencia de premiar a quien realmente esté a la altura del reconocimiento para ser representante de un partido político en una elección.

¿Se perdió el revestimiento de un interés económico de la política electoral tan insultante? ¿O se ganó el interés ético de solventar carencias de quienes no comen?

¿Se perdió en suma el mesianismo y entronización de quienes se desviven y desfiguran pontificando sobre la dignidad de la política?… ¿usted qué perdió y qué ganó?; yo he ganado la conciencia de lo que no quiero hacer ni emular; he ganado mayor impulso por buscar un actuar más lustroso y un transitar digno en el complicado laberinto en que este camino se convierte.

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