Gustavo; la inocencia de un maestro

Gustavo; la inocencia de un maestro

Gustavo; la inocencia de un maestro

Ayer me acerqué un poco más al medio siglo y como chubasco recibí más felicitaciones de las que puedo responder, más cariño del que puedo concebir, cientos de sentimientos e ideas y un par de reflexiones.

A mi familia y amigos, les agradezco infinitamente todo lo que me dan.

Pero estoy especialmente agradecido con el pequeño Gustavo, mi nuevo amigo de sonrisa placida, un guerrero chaparrito e incansable que me dio la oportunidad de reconocer algo que la misma dinámica de vida me había limitado; la posibilidad de sentir en otra piel, ese momento que ahonda y abunda el alma. Que nos conecta como seres humanos y que nos sensibiliza de lo que somos y dejamos de ser.

Mis lectores, he de confesar que dando un momento como regalo, recibí uno de los presentes más grandes del mundo.

Una acción que me llenó de sentimientos que desembocan en el arraigo que tengo hacia mis iguales, una emoción que llena de felicidad y que a su vez me alejó de los problemas banales devengados de las razones que entienden a la política, acercándome a la verdad de las personas, esa verdad absoluta que nos .

Me hizo sentir ese arraigo a mi gente, a mi tierra, a mi ser. Definiéndome como mejor persona, que sin duda, creció de la mano del pequeño Gus, pues en la inocencia de su lucha, me dio una lección de vida, una experiencia y enseñanza recibida del chiquitín que es más fuerte que el mismísimo hombre de acero.

Como esta es una columna de opinión, quiero hilarla con mis reflexiones de cumpleaños; pues ¿cómo es posible que en nuestro sistema haya quien a toda costa de la obtención del poder pierda el pulso de las personas, que por esa voracidad de “solucionar los grandes temas” se pierda de la realidad de nuestros iguales, perdiendo el arraigo a su tierra y a sus iguales?

¿Cómo es posible que en la paradoja del “ser sin estar o el estar sin ser” encontremos a quien quiere representar, encaminar y lograr lo que los demás requieren con tanta urgencia?

¿Cómo es posible que en esa carrera por el poder con miras al 2018, se prefieran los acuerdos que al legítimo arraigo que nace del pulso de conocer lo que pasa en tierra?

¿Qué vale más; la coherencia de una vida o el acuerdo de una oficina?

Pues a mi parecer, para solucionar los grandes temas que aquejan a nuestra tierra, primero hay que ser correspondiente entre lo que se es, lo que se dice y lo que se hace. Sin menospreciar todo eso que se da al entender desde sus raíces una comunidad.

No soy mejor ni peor que ninguno, pero el día de ayer ese pequeño me recordó que siempre existe ocasión para lograr que las cosas buenas pasen, invitándome a seguir diciendo y logrando más, siempre, en la coherencia del esfuerzo y con el compromiso de nunca perder el latido de mi gente y mi tierra.

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