Hay que tener honor y lealtad en la vida; Ángel Aceves

Hay que tener honor y lealtad en la vida; Ángel Aceves

Hay que tener honor y lealtad en la vida; Ángel Aceves

Cuando en tiempos de tanta prisa nos hemos acostumbrado a no observar si no a solo ver la superficie, es en donde vale la pena detenerse y recordar a quienes con contundencia deja huella en el camino y no pasan.

Se quedan para esculpirnos como seres humanos, detallando esa imagen con el valor definido de las personas. Hay que tener honor y lealtad en la vida. Palabras que vale la pena replantear como patriotas, hacernos bien al saber dónde ubicamos nuestro honor.  De conocer a quienes se ganan el respeto y trascendencia.

He aquí la columna que en junio de 2003 le dediqué a Ángel Aceves Saucedo al día siguiente de su fallecimiento… Jefe y amigo muy recordado. En tantos  años lo recuerdo como si fueran esos días de guía y consejo. Adelante Ángel…

Se va un gran poblano, hasta pronto Ángel Aceves

Ángel:

Hoy me atrevo a alejar los formalismos de tu nombre y escribirte así, franco, tan gentil y sincero como hasta en tus últimos días me trataste. Me dirijo a ti intangible, ahora que estas líneas no encontraran tu comprensión pero sólo así podría expresarte desde el alma reconocimiento, admiración y agradecimiento.

Ángel de muchos poblanos, fuiste un hombre de pasiones y de convicciones, hecho de sueños sinceros y de horizontes lejanos pero alcanzables. Mucho se hablará ya sobre tu persona, sobre tus gustos y disgustos, en eso no abundaré aunque no me sean ajenos. Yo te presento por las recientes semanas en donde además de ser un guía, te hiciste mi más entrañable amigo. Es en el breve lapso que te comprendí y me asomé al hombre, al generoso paisano que tendió la mano sin miramientos. Tú, mi estimado Ángel, quien fijo en mí el bosquejo de la patria chica que compartimos.

Hablo de aquella Puebla, Ángel, de tu sueño infranqueable por ponerte el overol de constructor y el título de arquitecto para edificar tus ideales entre zócalos de pintura y volcanes que retan al cielo. De ti colgué la continuidad de tu amigo, de tu tan querido Urbano con quien ahora platicarás a la sombra de una paz que no conoce un límite de tiempo. Los imagino en tertulias de café y frutas cristalizadas, de vajillas de talavera y de cielos serranos que abrazan la tierra que nos llamó en ella a nacer. Desde ese plano en el que ahora nos contemplas, sé que mejor se escuchara el tañido de las campanas de tu iglesia de Santiago, que más que sabrosas saben las pelonas y molotes de la Cinco, y que más nostálgico será el atardecer sobre techos y patios que remontan a tu infancia.

Ahora es Puebla quien voltea hacia ti, con el reconocimiento de saberte en tres contiendas ganador, aunque la pelea se acabó en un round tempranero. No vimos tu mejor pugilismo ni mucho menos tus mejores golpes; sin embargo, celebro haber sido sparring y estratega de tu lucha que no pretendía el daño, de tu deporte, el box aplicado a esa vida bondadosa que no podía poner un castigo injustificado al adversario.

Gracias Ángel, por haber sembrado en mi convicciones, por haber aceptado con orgullo la estafeta que mi padre quiso que llevaras. Gracias por tus ansiedades que empujaban la perfección en los trabajos, por tu fijeza en ideas que se convirtieron en realidades, por toda tu bondad desbordada, por merecerte sin adjetivos mi eterno agradecimiento.

Recibo tu partida como un presagio, con el alma rasguñada me dispongo a rearmarme para continuar con tu sueño. Te la brindo, Ángel, por aquellas pláticas de jefe y amigo, por ese sueño irrompible revestido de ónix y por ese cariño forjado ante una brecha de casi 30 años, brecha que se hizo efímera ante una identidad que ambos reconocimos.

Ya cae la noche sobre Ízucar, en donde nunca olvidaste que estaba enterrado tu ombligo, en donde tu vida se gesta sin romper la raíz de esa tierra tan tuya. En esta oscuridad que llega te dejamos ir con esperanza, con tus enseñanzas asimiladas en aras de reaprender a convivir. Quedamos observadores a lo que viene, con tus boleros favoritos te despido mi querido Doctor, entre el eco de una porra que no llegó, por siempre y hasta siempre, te veré en la cita a la que todos estamos emplazados, fraternalmente…

Tu amigo

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