Quitarnos los candados

Quitarnos los candados

Quitarnos los candados

Es de vital importancia destacar que la apertura de la vida política partidaria a la ciudadanía es el paso más agigantado que el mexicano puede dar hacia la democratización de sus sistemas políticos. Una comunidad de ciudadanos que participa, indudablemente está encaminada a decidir.

Cuando los ciudadanos tanto los propios como los coincidentes se involucran en los asuntos públicos, la competitividad entre iguales y el desarrollo subsecuente a dicha competencia interna se fortalece. Sin duda se lograrán mejores prácticas, mejores propuestas y por supuesto, se apuntalarán mejores instituciones políticas.

Si bien es cierto que se le están dando vueltas a viejas páginas para comenzar una lectura fresca que promete horizontes más prósperos, también es cierto –como ya lo había dicho en anteriores entregas- que no se trata de improvisar parches coyunturales que poco a poco vayan acercando nuestras instituciones públicas o políticas al mítico Frankenstein. Lo que es realmente necesario es un cambio de paradigmas que partan desde un origen hasta un fin trazado con estrategia.

Pues si no se parte desde una ruta trazada bajo la visión colegiada, nos estaríamos curando en salud y pecando en el exceso de escasez que propician los remedios temporales.

Estas últimas semanas se ha hablado mucho sobre los llamados candados; instrumentos normativos que como el oficio del sastre estaban hechos para hacer trajes a la medida; que si en ésta ocasión había que cortar o alargar, que si había que abrir o cerrar. Sin duda eran la más clara cerrazón hacia algunos individuos.

En estas épocas de postrevolución donde no se concibe que se le cierre la ventana a los vientos de la modernidad de los nuevos tiempos; es que las instituciones (bajo la lógica ya expresa) parecen optar por no excluir las rimbombantes apariciones de actores atípicos a sus costumbres.

Motivado por la exigencia ciudadana y a que no se puede ser insensible al riesgo real de un retroceso al pasado autoritario, se pugna por qué los partidos políticos  regresen a manos de sus militantes y en general que la vida pública se plantee de frente a la sociedad.

Sin duda, el romper los sellos que evitaban el paso a nuevas sendas inexploradas abre un abanico de opciones tan basto y amplio que las posibilidades dan espacio a múltiples estratagemas, pero, insisto, no se trata de improvisar.

Pues desde lo nacional e internacional existe una generación diferente de actores públicos que sin dudas ni miedos se pondrá a prueba a la competitividad, puesto que el origen -o la carencia del mismo- no significa mejor o peor, solo significa una ideología de diversidad.

Existe una especie de exhorto a las instituciones democráticas a medirse bajo el principio de la competitividad eliminando todo rastro de la sombra de la imposición poco razonada, pues; si los métodos internos no son mediante la medición de la rentabilidad y operatividad real, la promesa de regresar una institución a ser un activo para la sociedad quedará en la ficción que otorga el discurso desarticulado de una realidad.

Celebraríamos jubilosamente el habernos quitado los candados que no permitían el cuestionamiento ni la crítica razonada. Aplaudiríamos como sociedad el haber abolido los candados que restringían la voz inconforme, mal confundida con disidente. Que gran avance el quitarnos los candados que nos ceñían maliciosamente a una institucionalidad forzada de la que solo un puñado salían beneficiados. Que la cerrajería haya abierto los candados de una sociedad y una militancia que vejada alza la voz es un cometido lustroso. La pregunta es si esos fueron los candados que nos quitamos.

Quitémonos pues los candados, no solo los marcados en el texto si no los incrustados en el actuar, pues solo así, esa promesa y esa posibilidad se habrán de hacer una realidad.

Puesto que sin lo anterior, y parafraseando al maestro Carlos Monsiváis; todo cambiará, todo se transformará y todo seguirá igual.

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