Tiempos de cambio

Tiempos de cambio

Los mexicanos nos han hablado fuerte y claro, se hizo valer un cambio por no haber cambiado. Desafección politica que no es privativa de un sólo partido. El PRI retrocedió en las preferencias electorales reflejado en un ánimo adverso de los electores al no confiarnos su voto en diversas entidades de nuestro país. Esto ya ocurrió, esto ya es un hecho consumado. Del cómo procesaremos ese mensaje, penderá el futuro de nuestro partido.

Lo he constatado en los múltiples recorridos en la geografía mexicana; el país tiene pendientes impostergables, pendientes que motivan voces de miles para encontrar respuestas a los reclamos. Ser sordos o insensibles ante ellas, sería igual que negar la bonhomía misma, sería causa de futuros fracasos electorales.

Es ahí donde el trabajo político por venir tendrá que devolver el voto del ciudadano al partido. Trabajo real y ofertas sensibles y objetivas serán mejores que sólo fomentar la ilusión de aplaudirnos entre nosotros mismos, en llenar eventos por cuota o en engrosar listas de simpatizantes, eso nada ayuda a dialogar con quienes hoy nos mostraron su rechazo.

De manera preocupante nos estamos acostumbrando como sociedad a una versión putrefacta de la política sana. Vergüenza pura de Reyes Heroles o Cosío Villegas. En esta enrarecida actualidad, hemos visto y propiciado la denostación del contrario como herramienta útil para sobresalir. Probamos todas las formas, incluso las más viles, de guerra sucia con tal de contrastar adeptos y defectos, como si lo importante para encontrar soluciones a la inseguridad, a la pobreza o la desesperanza sea lo magnánimo o lo paupérrimo de un candidato. Nos estamos equivocando al documentar el desinterés de los jóvenes en este camino.

La reorganización urgente de nuestro actuar excede incluso las fronteras de un partido político. Es una labor de responsabilidad el evitar que sigamos en el camino del odio acendrado y las visiones mezquinas, que lo único que han logrado es lacerar a la Patria misma desde lo más valioso que es el corazón de su gente, y que se traduce en un imaginario colectivo, que se sostiene en el ánimo de revancha y conformismo optando por “el menos peor”, en vez de ser, decididamente, parte de la solución comenzando por nosotros mismos, siendo agentes de cambio desde nuestra trinchera para poder exigir lo mismo de quienes pretenden gobernarnos.

Es momento de asumir con humildad una actitud crítica y saber que nuestra fortaleza no está en lo incuestionable de las directrices ni en la institucionalidad mal entendida. Nuestra fuerza como partido está en el polo contrario, en la unidad real construida en la pluralidad de opiniones, aquella que deriva del trabajo y evita la autocomplacencia. Repensarnos en general es, por tanto, urgente, para dejar atrás lo que la propia experiencia nos ha demostrado que ya no sirve.

He sido testigo de la fuerza y la capacidad de transformación positiva que tiene la juventud mexicana. Los sueños e ilusiones por hacer de esta una generación diferente son combustible para muchos. Lo sé porque los he visto de cerca en la Escuela Nacional de Cuadros. He creído y creo en ellos. No podemos consentir que el mal ejemplo de algunos que han tenido la responsabilidad de gobernar, dirigir o legislar bajo nuestro signo político, se vuelva carga para los jóvenes priistas que tanto esperan aportar.

Y en mi parecer ¿qué es una generación diferente? Son políticos cuya cercanía a la gente no sólo campea en tiempos de elecciones, son quienes escuchan y sienten con entereza y real preocupación los planteamientos de quienes los demandan, son jóvenes o adultos que sirven y no se sirven, quienes son vehículo eficiente para canalizar la demanda ciudadana, quienes generan real empatía y actúan en consecuencia no por agigantarse ante otros y ensoberbecerse del aplauso. Veo en una generación diferente la manera más legítima de acceder al poder sin concebir al elector como un número, como un artefacto utilizable. He ahí el reto de la verdadera nueva política.

Duerman poco y estudien mucho les he dicho, porque la política es un proyecto de vida que implica talento, gran empeño y trabajo diario. Pero reentendamos la política que dignifica, aquella que trastoca positivamente la vida de quien lo requiere, la que honradamente hace la diferencia en un político profesional. Ya es momento de entender que si queremos relucir nuestro valor como patriotas, no equivoquemos el camino al buscar falsas motivaciones: una camioneta opulenta, un séquito de adulación o una carretilla de oro no crea el prestigio que trasciende. Desde ahí podemos iniciar otra edificación.

No es momento tampoco de buscar afanosamente culpables ni traidores. No distraigamos nuestra propia responsabilidad ante el penoso evento. Veamos en él la oportunidad de reorganización y trazo de grandes y plausibles metas que le dirijan la voz a los ciudadanos. Necesitamos de un debate civilizado, no pendenciero ni descalificador de las demás opciones. Ya hagamos las cosas para cumplir con el deber con los mexicanos, y no para obtener palmadas aprobatorias de los superiores.

No son los resultados electorales que esperábamos; sin embargo, avizoro nuevos mañanas. Creo en la dignidad que el ejercicio de la política debe implicar. Considero que la responsabilidad y la congruencia en el actuar es una obligación. Estimo que saber escuchar con apertura y ánimo autocrítico forja la grandeza. Alabo un pensar que pregonara Salvador Allende para constar que no se es apóstol ni mesías, no se es inalcanzable ni como servidor ni como dirigente, sino que cada uno de nosotros en dichas pasajeras posiciones, es un luchador social que cumple con la tarea que le encomienda su real jefe; en este caso los mexicanos que aún esperan respuestas.

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